Campo

30 años de Aapresid: la revolución de la Siembra Directa

La institución que dejó atrás siglos de uso del arado festeja su trigésimo aniversario. Paso a paso, cómo se fue aplicando esta tecnología en la Argentina. «El desafío es innovar», el lema que siempre flameó en las banderas y se hizo carne entre los animadores de las jornadas técnicas a campo organizadas por Aapresid.

En ningún lugar del mundo el desarrollo de la siembra directa está más avanzado que en la Argentina. Y no es que falten pioneros ni colonizadores, que los hay en todos lados.

La diferencia radica en que en nuestro país alguien juntó las cabezas de los pioneros, armó el equipo y salieron a la cancha convencidos. Sí, obvio, fue Víctor Trucco. Con la fundación de Aapresid los “empoderó”; para beneficio de la agricultura y el medio ambiente de todo el planeta. Gracias Víctor!

Yo llegué a la agricultura de la mano de aquellos grandes maestros que nos imprimieron en el alma el cuidado del suelo como punto de partida de todo. Pero era contradictorio el teorema del arado, con el cálculo del esfuerzo para mover el pan de tierra, con lo que después encontrábamos en las calicatas.

Los primeros 4 presidentes de Aapresid: De izquierda a derecha, Víctor Trucco, César Belloso, Jorge Romagnoli y Gastón Fernández Palma.
Los primeros 4 presidentes de Aapresid: De izquierda a derecha, Víctor Trucco, César Belloso, Jorge Romagnoli y Gastón Fernández Palma.

El piso de arado, el “cuello de botella” que encrespaba al ingeniero Jorge Molina y sus secuaces de la cátedra de Agricultura General.

El piso de arado era solo un síntoma más de la degradación de los suelos. Los corridas de agua, hasta convertirse en cárcavas de erosión, nos mostraban que no podíamos seguir en ese camino.

El famoso terraplén de Los Surgentes, que cada dos o tres años se llevaba la corriente y había que reconstruirlo. Cada vez más hormigón.

Entre el sobrepastoreo, la pezuña del ganado y el arado, los suelos se iban alegremente al Paraná y de allí al delta, que avanzaba a ojos vista. De chico, hace 60 años, hacia 1960, navegaba frente a San Fernando. Ya en los 70 era todo isla. Y no había soja. Era el arado.

A poco andar, llegó la labranza vertical. Era un paliativo. Aparecieron los primeros intentos con la directa. Venían algunos académicos de Estados Unidos. A Shirley Phillips, de la Universidad de Kentucky, lo trajo el Estudio Cazenave Gobbée. E l pobre Phillips no entendía nada cuando el misionero Alberto Roth le mostraba las lombrices gigantescas que habitaban sus yerbatales: “¿se las vende a los pescadores?” preguntó inocentemente.

Los de Cazenave-Gobbée introdujeron el “Adaptador No Ara”, una rueda raviolera que se podía colocar en cualquier sembradora. Ricky Baumer, un compañero de facultad con campo en Pergamino, introdujo su “cultisembradora”, que dejaba implantado el cultivo en un solo paso, sin arar ni rastrear. No había herbicidas ni biotecnología. Era todo muy difícil.

En 1982 hicimos un viaje a Estados Unidos con un puñado de fabricantes de maquinaria y algunos productores. Pasamos un día en la Universidad de Illinois, en Champaign, donde hacían sus pininos con la SD.

Visitamos ensayos donde aplicaban distintos herbicidas, entre ellos glifosato (muy nuevo y carísimo por entonces) para quemar y sembrar. La maleza a vencer era la festuca.

Recuerdo a un productor de Rivera que veía esa festuca y no entendía: “estos están locos, ¿tienen esta festuca y la matan para sembrar maíz?. Yo le hecho los novillos y me voy de vacaciones, cuando vuelvo están gordos”. Pero a ellos les cerraba: el maíz rendía cien quintales.

De allí nos dirigimos a John Deere, ansiosos por ver qué pensaban de la directa. En su centro administrativo de Moline nos pasaron un montón de videos en VHS donde quedaba bastante claro que la siembra directa tenía más problemas que soluciones.

Pero aquí seguimos. Heri Rosso probaba sembradora tras sembradora en su campo pegado al INTA de Marcos Juárez. Iba poniendo a punto el sistema. Ya en los 90 tenía una verdadera chacharita de fierros. En la EERA del INTA la directa “no andaba”.

Hoy allí está el think tank mundial de la directa, entre el CREA Monte Buey, los pioneros de Inriville, el aporte inolvidable de Rogelio Fogante, y los jóvenes que vienen con todo, como los de Okandú. Irradiando conocimiento.

Tanto, que se animaron a incursionar en la remisa Europa, con los increíbles eventos de Zaragoza y Albacete. En España ya hay una organización que le sigue los pasos, aunque remando en dulce de leche frente a la presión conservadora de toda la agricultura europea.

Nada de esto hubiera pasado sin Aapresid. El encuentro anual, desde los inolvidables congresos de Villa Giardino a los imponentes de la Bolsa de Comercio de Rosario, se fue convirtiendo en un punto de encuentro y caja de resonancia que iba mucho más allá de la temática de la siembra directa. Se transformó en el paradigma de la innovación. Una red de redes.

De ella nació Bioceres, también liderada por Víctor Trucco. Un gran ejemplo de lo que podemos hacer para potenciar el conocimiento que anida en los cenáculos de la ciencia nacional. Hoy Bioceres es trabajo calificado argentino que cotiza en New York.

No fue magia que la Argentina se convirtiera en viable. A pesar de los argentinos. Sí, larga vida para Aapresid.

Por Héctor Huergo